http://www.cseiio.edu.mx/biblioteca/libros/cienciasnaturales/el_origen_de_la_vida.pdf
UNA CLASE
EN UNA CLASE MAGISTRAL
domingo, 20 de marzo de 2016
lunes, 7 de marzo de 2016
RASPUTIN -HEMOFILIA
https://www.youtube.com/watch?v=KjieldwSaFg
(BONEY M)

(BONEY M)

LETRA RASPUTIN (EN ESPAÑOL)
Allí en Rusia vivía un cierto hombre hace mucho tiempo
Él era grande y fuerte, en sus ojos había una luz encendida
La mayoría de las personas lo miraba con terror y con miedo
Pero para los de Moscú él era como alguien encantador y
estimado
Él podía predicar la biblia como un predicador
Lleno de extacy y de fuego
Pero él también era una clase de maestro
Las mujeres lo desearían
RA RA RASPUTIN
Amante de la reina rusa
Hubo un personaje que realmente se fue
RA RA RASPUTIN
La más grande máquina de amar de Rusia
Fue una vergüenza cómo él continuó
Él gobernó la tierra rusa y nunca le importó el Zar
Pero el kasachok realmente bailó wunderbar
En todos los asuntos de estado él era el hombre para
complacer
Pero realmente era grande cuando tenía una chica para
apretar
Para la reina él no era un vendedor ambulante
Aunque ella había oído sobre lo que él había hecho
Ella creyó que él era un santo sanador
Quien curaría a su hijo
RA RA RASPUTIN
Amante de la reina rusa
Hubo un personaje que realmente se fue
RA RA RASPUTIN
La más grande máquina de amar de Rusia
Fue una vergüenza cómo él continuó
Pero cuando por su bebida, su anhelo y su hambre de poder
Se volvió conocido para más y más personas,
las demandas para hacer algo sobre este hombre ultrajante
Sonaron mas y mas fuerte
"¡Este hombre se tiene que ir"! declararon sus
enemigos
Pero las damas rogaron "no intenten hacerlo, por
favor"
No hay duda, este Rasputin tenía muchos encantos ocultos
Aunque él era un bruto ellas cayeron en sus brazos
Entonces una noche algunos hombres de alta reputación
Le tendieron una trampa, ellos son inimputables
"Ven a visitarnos" le requirieron
Y él realmente vino
RA RA RASPUTIN
Amante de la reina rusa
Ellos le pusieron algún veneno en su vino
RA RA RASPUTIN
La más grande máquina de amar de Rusia
Él lo bebió todo y dijo "me siento bien"
RA RA RASPUTIN
Amante de la reina rusa
No lo dejaron, ellos querían su cabeza
RA RA RASPUTIN
La más grande máquina de amar de Rusia
Y le dispararon hasta que se murió
Oh, esos rusos...
miércoles, 2 de marzo de 2016
SERENDIPIA .LOS TRES PRINCIPES DE SERENDIP
LOS TRES PRINCIPES DE
SERENDIP
El discípulo miró al
maestro en la profundidad de la tarde.
- "Maestro, ¿es
bueno para el sabio demostrar su inteligencia?"
- "A veces puede
ser bueno y honorable permitir que los hombres te rindan honores."
- “¿Sólo a veces?”
- “Otras puede
acarrearle al sabio multitud de desgracias. Eso es lo que les sucedió a los
tres Príncipes de Serendip, que utilizaron distraídamente su inteligencia.
Habían sido educados por su padre, que era arquitecto del gran Shá de Persia,
con los mejores profesores, y ahora se encaminaban en un viaje hacia la India
para servir al Gran Mogol, del que habían oído su gran aprecio por el Islam y
la sabiduría. Sin embargo, tuvieron un percance en su camino.”
- “¿Qué les pasó?”
- “Una tarde como esta,
caminaban rumbo a la ciudad de Kandahar, cuando uno de ellos afirmó al ver unas
huellas en el camino: “Por aquí ha pasado un camello tuerto del ojo
derecho".
- “¿Cómo pudo adivinar
semejante cosa con tanta exactitud?”
- “Había observado que
la hierba de la parte derecha del camino, la que daba al río, y por tanto la
más atractiva, estaba intacta, mientras la de la parte izquierda, la que daba
al monte y estaba más seca, estaba consumida. El camello no veía la hierba del
río.”
- “¿Y los otros
príncipes?”
- “El segundo, que era
más sabio, dijo: “le falta un diente al camello.”
- “¿Cómo podía
saberlo?”
- “La hierba arrancada
mostraba pequeñas cantidades masticadas y abandonadas.”
- “¿Y el tercero?”
- “Era mucho más joven,
pero aún más perspicaz, y, como es natural, en los hijos pequeños, más radical,
al estar menos seguro de sí mismo. Dijo: “el camello está cojo de una de las
dos patas de atrás. La izquierda, seguro"
- “¿Cómo lo sabía?”
- “Las huellas eran más
débiles en este lado.”
- “¿Y ahí acabaron las
averiguaciones?”
- “No. El mayor, picado
en esta competencia, afirmó: “por mi puesto de Arquitecto Mayor del Reino que
este camello llevaba una carga de mantequilla y miel.”
- “Pero, eso es
imposible de adivinar.”
- “Se había fijado en
que en un borde del camino había un grupo de hormigas que comía en un lado, y
en el otro se había concentrado un verdadero enjambre de abejas, moscas y
avispas.”
- “Se trata de un
difícil reto para los otros dos hermanos.”
- “El segundo hermano
bajó de su montura y avanzó unos pasos. Era el más mujeriego del grupo por lo
que no es extraño que afirmara: "En el camello iba montada una
mujer". Y se puso rojo de excitación al pensar en el pequeño y grácil
cuerpo de la joven, porque hacía días que habían salido de la ciudad de Djem y
no habían visto ninguna mujer aún.”
- “¿Cómo pudo saberlo?”
- “Se había fijado en
unas pequeñas huellas de pies sobre el barro del costado del río.”
- “¿Por qué había
bajado? ¿Tenía sed?”
- “El tercer hermano,
absolutamente herido en su orgullo de adolescente por la inteligencia de los
dos mayores, afirmó: "Es una mujer que se encuentra embarazada, hermano.
Tendrás que esperar un tiempo para cumplir tus deseos".
- “Eso es aún más
difícil de saber.”
- “Se había percatado
que en un lado de la pendiente había orinado pero se había tenido que apoyar
con sus dos manos porque le pesaba el cuerpo al agacharse.”
- “Los tres hermanos
eran muy listos.”
- “Sin embargo, su
sabiduría les trajo muchas desgracias.”
- “¿Por qué?”
- “Por su soberbia de
jóvenes. Al acercarse a la ciudad, contemplaron un mercader que gritaba enloquecido.
Había desaparecido uno de sus camellos y una de sus mujeres. Aunque estaba más
triste por la pérdida de la carga que llevaba su animal, y echaba la culpa a su
joven esposa que también había desaparecido.”
- “¿Era tuerto tu
camello del ojo derecho?”, le dijo el hermano mayor.
- “Sí”, le dijo el
mercader intrigado.
- “¿Le faltaba algún
diente?”
- “Era un poco viejo”,
dijo rezongando, “ y se había peleado con un camello más joven.”
- “¿Estaba cojo de la
pata izquierda trasera?”
- “Creo que sí, se le
había clavado la punta de una estaca.”
- “Llevaba una carga de
miel y mantequilla.”
- “Una preciosa carga,
sí.”
- “Y una mujer.”
- “Muy descuidada por
cierto, mi esposa.”
- “Qué estaba
embarazada.”
- “Por eso se retrasaba
continuamente con sus cosas. Y yo, pobre de mí, la dejé atrás un momento.
¿Dónde los habéis visto?”
- “No hemos visto jamás
a tu camello ni a tu mujer”, buen hombre, le dijeron los tres príncipes
riéndose alegremente.
El discípulo también
rió.
- “Eran muy sabios.”
- “Sí, pero el buen
mercader estaba muy irritado. Cuando los vecinos del mercado le dijeron que
habían visto tres salteadores tras su camello y su mujer, los denunció.”
- “¡Pero, ellos tenían
razón!”
- “Los perdió su soberbia
juvenil. Habían señalado todas esas características del camello con tanta
exactitud que ninguno les creyó cuando afirmaron no haber visto jamás al
camello. Y se habían reído del mercader, había muchos testigos. Fueron llevados
a la cárcel y condenados a muerte ya que en Kandahar el robo de camellos es el
peor delito, más que el rapto de esposas.”
- “¡Qué triste destino
para los sabios!”
- “La cosa no acabó tan
mal. La esposa se había escapado, y pudo llegar antes de que los desventaran en
la plaza pública, como era costumbre para castigar a los ladrones de camellos.
El poderoso Emir de Kandahar se divirtió bastante con la historia y nombró
ministros a los tres príncipes. Por cierto, que el segundo hermano se casó con
la muchacha, que estaba bastante harta del mercader.”
- “La sabiduría tiene
su premio.”
- “La casualidad los
salvó y aprendieron a ser mucho más prudentes a la hora de manifestar su
inteligencia ante los demás.”
EXPERIMENTACIÓN CON ANIMALES
EXPERIMENTACIÓN CON
ANIMALES
(Wikipedia)
La experimentación con
animales o "experimentación in vivo" es el uso de animales en
experimentos científicos. Se calcula que cada año se utilizan entre 50 y 100
millones de animales vertebrados (desde peces cebra hasta primates no
humanos).1 Invertebrados, ratones, ratas, pájaros, ranas, y otros animales no
destetados no están incluidos en estos números, aunque una estimación realizada
sobre el número de ratas y ratones usados en los Estados Unidos en el año 2001
lo situaba en 80 millones.2 La mayoría de animales son sacrificados después de
usarlos en un experimento. El origen de los animales de laboratorio varía entre
países y especies; mientras que la mayoría de animales son criados
expresamente, otros pueden ser capturados en la naturaleza o suministrados por
vendedores que los obtienen de subastas en refugios.3
Historia
Las primeras
referencias a la experimentación con animales se encuentran en los escritos de
los griegos en los siglos II y IV AC. Aristóteles (Αριστοτέλης) (384-322 AC) y
Erasístrato (304-258 AC) estuvieron entre los primeros en realizar experimentos
en animales vivos.4 Galeno, un médico romano que vivió en el siglo II DC,
diseccionó cerdos y cabras, y es conocido como el "padre de la
vivisección".5 Ibn Zuhr, un destacado médico andalusí del siglo XII,
también practicó la vivisección, e introdujo la experimentación con animales
como un método experimental para probar nuevos métodos quirúrgicos antes de
aplicarlos en pacientes humanos.6 7
Los animales se han usado
repetidamente a lo largo de la historia de la investigación biomédica. Los
fundadores, en 1831, del zoo de Dublín (el cuarto más antiguo en Europa,
después de los de Viena, París y Londres) pertenecían a la profesión médica y
tenían interés en el estudio de los animales, estuviesen vivos o muertos.8 En
la década de 1880, Louis Pasteur demostró la teoría microbiana de la enfermedad
induciendo carbunco en una oveja.9 En la década de 1890, Ivan Pavlov utilizó
perros para realizar su famoso experimento sobre condicionamiento clásico.10 La
insulina fue aislada por primera vez en 1922 utilizando perros, y revolucionó
el tratamiento de la diabetes.11 El 3 de noviembre de 1957 una perra rusa,
Laika, se convirtió en el primero de los muchos animales que orbitaron la
Tierra. En la década de los 70, se utilizaron armadillos para desarrollar
tratamientos antibióticos y vacunas para la lepra12 que posteriormente fueron
utilizadas en humanos.13 La habilidad del ser humano para cambiar la genética
de los animales dio un gran paso adelante en 1974 cuando Rudolf Jaenisch
produjo los primeros mamíferos transgénicos al integrar el ADN del virus SV40
en el genoma del ratón.14 Esta rama de la investigación genética progresó
rápidamente y en 1996 nació la oveja Dolly, el primer mamífero en ser clonado a
partir de una célula adulta.
La realización de
pruebas toxicológicas ganó importancia en el siglo XX. Durante el siglo XIX,
las leyes que regulaban los medicamentos eran más laxas. Por ejemplo, en los
Estado Unidos de América, el gobierno sólo podía prohibir un medicamento
después de que una compañía hubiera sido procesada por vender productos que
dañaran a sus clientes. De todas formas, en respuesta a la grave intoxicación
con Elíxir Sufanilamida de 1937 en cual dicho medicamento mató a más de 100
usuarios, el congreso aprobó leyes que requerían la realización de pruebas de
seguridad de los medicamentos en animales antes de que pudieran salir al
mercado. Otros países decretaron leyes similares.15 En la década de los 60, en
reacción a la tragedia de la Talidomida, se aprobaron más leyes que obligan a
la realización de pruebas en animales preñados antes de que el medicamento
pueda ser vendido.
Debate histórico
Claude Bernard,
conocido como el "príncipe de los vivisectores"17 argumentaba que los
experimentos en animales eran "del todo concluyentes para la toxicología y
la higiene del hombre".
De igual forma que la
experimentación con animales aumentaba, especialmente la práctica de la
vivisección, también lo hacían las críticas y la controversia. En 1655 el
defensor de la fisiología galénica Edmund O'Meara dijo que "la miserable
tortura de la vivisección sitúa al cuerpo en un estado no natural".19 20
O'Meara y otros argumentaban que la fisiología de un animal podía verse afectada
por el dolor durante la vivisección, haciendo que sus resultados no fueran
útiles. También había objeciones éticas, que argüían que el beneficio a los
humanos no justificaba el daño a los animales.20 Esas tempranas objeciones a la
experimentación con animales también venían de otra perspectiva; mucha gente
creía que los animales eran inferiores a los humanos y, por lo tanto,
distintos, y los resultados obtenidos de animales no podían aplicarse a los
humanos.20
En el otro lado del
debate, aquellos a favor de la experimentación con animales sostenían que
dichos experimentos eran necesarios para el avance del conocimiento médico y
biológico. Claude Bernard, conocido como el "príncipe de los
vivisectores"17 y el padre de la fisiología (cuya esposa, Maria Françoise
Martin fundó la primera sociedad anti-viviseccionista en Francia en 188321 )
escribió en 1865 que "la ciencia de la vida es un brillante salón
magnífico y deslubrante al que sólo se puede llegar atravesando una larga y
horrible cocina".22 Defendía que "los experimentos en animales... son
del todo concluyentes para la toxicología y la higiene del hombre... los
efectos de estas sustancias son los mismos en hombre y animales, excepto por
diferencias en el grado,"18 Bernard estableció la experimentación animal
como una parte del método científico.23
En 1896, el fisiólogo y
médico Walter Cannon dijo "Los antiviviseccionistas son el segundo de los
dos tipos que Theodore Roosevelt describió cuando dijo 'El sentido común sin
conciencia puede conducir al crimen, pero la conciencia sin sentido común puede
conducir a la locura, que es la sierva del crimen.'"24 Estas divisiones
entre grupos pro- y anti- experimentación con animales se hizo patente por
primera vez durante el caso del perro marrón en la primera década del siglo XX,
cuando cientos de estudiantes de medicina se enfrentaron contra
anti-viviseccionistas y la policía por un monumento conmemorativo a un perro
viviseccionado.
En 1822, se promulgó la
primera ley de protección de los animales en el parlamento briántico, seguida
en 1876 por el "Acta de la crueldad hacia los animales", la primera
ley cuyo objetivo específico era regular la experimentación con animales. La
ley fue promovida por Charles Darwin, que escribió a Ray Lankester en marzo de
1871: "Me has preguntado mi opinión sobre la vivisección. Estoy de acuerdo
con su uso para investigación real en fisiología es justificable; pero no por
mera condenable y detestable curiosidad. Es un asunto que me llena de horror,
así que no diré ni una palabra más sobre el asunto, o no dormiré esta
noche.".26 27 La oposición al uso de animales en la experimentación médica
surgió por primera vez en los Estados Unidos en la década de 1860, cuando Henry
Bergh fundó la Socieda Americana para la Prevención de la Crueladad hacia los
Animales (ASPCA), siendo la primera organización estadounidense específicamente
anti-viviseccionista la Sociedad Americana AnviViviseccionista (AAVS), fundada
en 1883. Los anti-viviseccionistas de la época pensaban que la difusión de la
misericordia era el gran objetivo de la civilización, y que la vivisección era
cruel. Aun así, en los Estados Unidos los esfuerzos anti-viviseccionistas
fueron derrotados en cada legislatura, abrumados por la mejor organización y la
influencia de la comunidad médica. A grandes rasgos, este movimiento tuvo poco
éxito legislativo hasta la aprobación del Acta para el bienestar animal de los
animales de laboratorio, en 1966.28
La utilización de los
animales en la investigación conlleva una serie de responsabilidades, esto con
el fin de lograr una buena práctica con los mismos, para ello es necesario
establecer una serie de normas o reglamentaciones. Entre las principales
lesgislaciones destacan:
Animal Welfare Act, en
el año de 1996 en USA
Cruelty to Animals Act,
en el año de 1976 en Inglaterra
Good Laboratory
Practice, en el año de 1978 en en USA
Ethical Principies and
Guidelines for Scientific Experiments on Animals, en el año de 1978 en Suiza
Además de dichas
reglamentaciones algunos organismos internacionales han llegado a tomar parte
del fenómeno, tal es el caso de la OMS (Organización Mundial de la Salud) y la UNESCO,
integrando así “International Guiding Principles for Biomedical research
Involving Animals”. Sin embargo cabe señalar que también se ha dado el caso de
organizaciones sin protección gubernamental quienes luchan por la defensa de
los animales.
El 1º de febrero del
2013 entró en vigor en la ciudad de México la Ley de Maltrato Animal, que
promulga que solo se podrá realizar experimentos en animales si estos son
aprobados por un comité de bioética, siempre y cuando los resultados no puedan
obtenerse con procedimientos alternativos; el experimento tengan la finalidad
de mejorar la producción animal; favorecer y controlar la reproducción o
favorezcan la salud del humano o del animal.
El 19 de marzo de 2013,
España aplicó una nueva ley que prohíbe la experimentación animal con fines
estéticos.
Controversias
Los defensores de los
derechos de los animales se oponen a la experimentación animal, argumentando
que existen alternativas a la experimentación con animales y motivos éticos.
La investigación se
lleva a cabo en universidades, escuelas de medicina, compañías farmacéuticas,
las granjas, los establecimientos de defensa, y las instalaciones comerciales
que proporcionan servicios de pruebas de animales para la industria.31 Se
incluye la investigación pura como la genética, la biología del desarrollo,
estudios de comportamiento, así como la investigación aplicada como la
investigación biomédica, los xenotrasplantes, pruebas de drogas y las pruebas
de toxicología, incluyendo las pruebas de cosméticos. En Europa la Directiva
15/2003 prohibió la comercialización de productos cosméticos experimentados en
animales siempre y cuando no cumplan con las normas establecidas. Esta misma
Directiva regula los requisitos que han de cumplir los productos cosméticos
para poder declarar que no han sido experimentados en animales. No obstante,
podrán utilizarse animales para su experimentación mientras que no exista otra
alternativa. En éste caso, el número de animales requeridos para el estudio
debe llevarse al mínimo posible, siempre seleccionando el método de trabajo que
cause en el animal el mínimo dolor, angustia o sufrimiento.
Los partidarios de la
práctica, tales como la British Royal Society, argumentan que el logro de
numerosos avances médicos en el siglo XX dependió del uso de animales de alguna
manera,33 con el Instituto de Animales de Laboratorio de Investigación de la
Academia Nacional de Ciencias de EE.UU. argumentando que los equipos
sofisticados, incluso son incapaces de modelar las interacciones entre las
moléculas, células, tejidos, órganos, organismos y el medio ambiente, haciendo
la investigación con animales necesaria en muchos ámbitos.34 Algunos
científicos y organizaciones por los derechos de los animales, como PETA
(empezando en el año 1980) y BUAV, se preguntan de la legitimidad de la misma,
aduciendo que es cruel, que es una práctica científica pobre, que está mal
regulado, que han quedado obsoletas algunas de las pruebas, que no son capaces
de predecir los efectos en los seres humanos, que los gastos superan a los
beneficios, o que los animales tienen un derecho intrínseco a no ser utilizados
para la experimentación.35 La práctica de la experimentación con animales está
regulada en varios grados en los diferentes países.
La PETA organizó el Día
Internacional del Animal de Laboratorio, posteriormente reconocido por la
Organización de las Naciones Unidas; en este día, cada 24 de abril, se
conmemora la muerte de millones de animales en todo el planeta.36 La ADDA
(Asociación para la Defensa de los Derechos del Animal) también se ha
posicionado en contra de la investigación y el comercio con animales y en 1986
erigió un monolito con la inscripción: «En homenaje a los animales de
laboratorio, seres que no tienen la oportunidad de negarse al sacrificio que
requiere de ellos la ciencia».37
Definiciones
Los términos
"experimentación con animales", "investigación con
animales", "experimentación in vivo y "vivisección" poseen
denotaciones parecidas pero connotaciones distintas. "Vivisección" proviene
del latín (del lat. vivus, vivo, y sectĭo, -ōnis, corte),38 e históricamente se
aplicaba únicamente a experimentos que implicaban la disección de animales
vivos. El término acabó usándose para referirse peyorativamente a cualquier
experimento en que se usaran animales vivos. Posee una connotación negativa,
implica tortura, sufrimiento y muerte.39 La palabra "vivisección" es
preferida por aquellos que se oponen a este tipo de investigación, mientras que
los científicos suelen preferir el término "experimentación con
animales".40 41
Animalario y
estabulario
El edificio donde se
tienen los animales destinados a experimentos de laboratorio se denomina
"estabulario" si no hay cría, y "animalario" si la hay.
martes, 1 de marzo de 2016
lunes, 29 de febrero de 2016
CRUELDAD HACIA LOS ANIMALES
CRUELDAD HACIA LOS ANIMALES
Carta abierta a Ernst von Weber,
autor de Las cámaras de tortura de la
ciencia
Por Richard Wagner
Apreciado Señor:
Me cree Vd.
capaz de poder ayudarle, con mi palabra, en la campaña tan enérgica que Vd. ha
emprendido recientemente contra la vivisección, y parece, a este respecto,
tomar en consideración el número bastante considerable de amigos cuyo gusto por
mi arte me ha proporcionado. Aunque su edificante ejemplo me incita vivamente a
intentar responder a su deseo, es sin embargo menos la confianza que posee en
mi poder lo que me decide a imitarle, que un vago sentimiento de necesidad de
estudiar, incluso en este campo tan alejado en apariencia de aquello que
interesa a los artistas, el carácter de la influencia artística que muchas
personas me han atribuido hasta la fecha.
Ya que una vez
más encontramos, en el caso, actual, el espectro de la “ciencia” que se ha convertido,
en nuestra época materialista, desde la mesa de disección hasta las fábricas de
fusiles, en el demonio del utilitarismo, juzgado únicamente digno de afecto por
parte del Estado, creo que, interviniendo en la cuestión actual, constituye ya
una ventaja para mí el hecho de que tantas voces graves y bien autorizadas se
hayan elevado en su favor, denunciando al buen sentido las aserciones erróneas,
cuando no mentirosas, de nuestros adversarios.
Por otra parte,
ciertamente, se ha otorgado un lugar tan importante al puro sentimiento” en la
discusión de este asunto, que hemos proporcionado excelentes ocasiones a los
burlones y chistosos con mala idea, que casi son los únicos que se ocupan de
nuestros discursos , de defender los intereses de la “ciencia”. A mi entender,
sin embargo, se está discutiendo aquí la cuestión más grave de la humanidad, de
suerte que las convicciones más profundas no podrán adquirirse más que después
de un examen verdaderamente serio de este “sentimiento” del que tanta burla se
ha hecho. Intentaré de buen grado seguir este camino, en la medida que mis
débiles facultades me lo permitan.
Lo que me ha
frenado hasta el presente a entrar en una de estas asociaciones protectoras de
animales que existen, es que todos los llamamientos y todas las instrucciones
que les veía publicar se basaban casi exclusivamente en el principio
utilitario. Y es que, sin duda, lo que en primer lugar importa a los
filántropos que se han dedicado hasta el presente a la protección de animales
es probar al pueblo su utilidad para así obtener un mejor trato. Pues los
resultados de nuestra civilización actual no nos permiten invocar otros motivos
más que la búsqueda de un beneficio en las acciones humanas del ciudadano. En
este preciso momento podemos comprobar hasta qué punto somos todavía extraños a
un motivo exclusivamente noble de tratar bien a los animales, y qué poca cosa
se ha podido obtener realmente de la práctica corriente: los representantes de
la línea de conducta adoptada hasta el momento por las sociedades protectoras
contra la barbarie más inhumana seguida contra los animales, la que se ejerce
en nuestras salas de vivisección autorizadas por el Estado, no sabrían emitir
ni un solo argumento concluyente desde que se hace valer, para defenderla, la
utilidad de esta barbarie. Quedamos casi totalmente limitados a discutir
exclusivamente esta utilidad; y si se hubiese llegado a poder demostrarla con
absoluta certidumbre, sería precisamente la sociedad protectora de animales
quien, siguiendo su línea de conducta acostumbrada, habría favorecido la
cueldad más indigna de la humanidad contra sus propios protegidos.
Por
consiguiente, para conservar nuestros sentimientos de simpatía con respecto a
los animales, contamos, como única ayuda, con llegar a hacer reconocer
oficialmente la inutilidad de esta tortura científica de los animales;
esperemos que podamos conseguirlo. Aun cuando nuestros esfuerzos hubiesen
obtenido un éxito completo en este aspecto, no se habría logrado nada
definitivo y bueno para la humanidad en tanto la tortura de los animales sea
abolida únicamente en razón de su inutilidad, lo que habremos conseguido es
desfigurar y matar casualmente la idea que dio lugar a nuestras sociedades
protectoras de animales.
Aquellos que,
para evitar los sufrimientos prolongados a voluntad de un animal, necesitan
otro motivo distinto del de la pura piedad, no podrán nunca sentirse
verdaderamente inclinados a reprimir los malos tratos a animales por parte del
prójimo. Quien quiera que se haya rebelado a la vista del martirio de un
animal, no ha sido arrastrado a ello más que por un sentimiento de piedad;
quienquiera que se une a otros para proteger a los animales, no lo hace más que
movido por la piedad; piedad totalmente desinteresada e inaccesible a todo
cálculo de utilidad o inutilidad. Pero el hecho de que, a la cabeza de todos
nuestros llamamientos y avisos dirigidos al pueblo, no nos atrevamos a colocar
esta piedad como el único móvil discutible que nos mueve, eso sí que demuestra
la maldición de nuestra civilización y la confirmación de que las religiones de
nuestras iglesias oficiales se han quedado sin Dios.
Ha sido
necesaria en nuestro tiempo, la enseñanza de un filósofo1que combate de la
forma más despiadada todo lo que hay de falso y malsano, para demostrar que la
“piedad” fundada en la naturaleza más íntima de la voluntad humana, es la única
base verdadera de toda moral. Se han burlado de él; el Senado de una Academia
de Ciencias ha llegado incluso a colocarle con indignación en el Índice; pues
la virtud, desde el momento en que no se halla prescrita por la revelación, no
sabría tomar su fundamento más que en las meditaciones de la razón. La piedad,
considerada del punto de vista de la lógica, fue incluso tachada de egoísta por
excelencia; se ha pretendido que la piedad no se vería motivada más que por la
visión de un sufrimiento extraño que en realidad no causa dolor a nosotros
mismos, pero no por el sufrimiento extraño en sí, el cual intentaríamos
reprimir con el fin únicamente de suprimir su efecto doloroso sobre nosotros
mismos. ¡Qué ingeniosos hemos llegado a ser con el fin de defendemos, hundidos
en el fango del más vil de los egoísmos, contra los remordimientos motivados
por sentimientos comunes a todos los hombres! También se ha despreciado la piedad
con el pretexto de que se la ha encontrado frecuentemente hasta en los hombres
más groseros, como mínimo de instinto vital; con esa excusa, se ha llegado a
confundir la piedad con la pena que los testigos de todo infortunio público o
doméstico experimentan tan fácilmente y que traducen, como a menudo podemos
comprobar, en una simple inclinación de cabeza para después dar la vuelta con
un alzamiento de hombros; Hasta el momento en que un hombre destaca entre la
multitud, a quien la verdadera piedad impulsa a prestar un socorro eficaz.
Aquél que no
sienta inclinación a la piedad y que no haya sobrepasado esta débil pena, se
sentirá feliz de poderse pasar sin ella y de ahí experimentará un perfecto y
agradable desdén hacia la humanidad. Será difícil, en efecto, remitir este
hombre a su prójimo para aprender de éste a practicar la piedad a su manera;
pues, en general, es cosa bastante difícil, en nuestra sociedad burguesa
reglamentada por la ley, obedecer al precepto de nuestro salvador: “Ama a tu
prójimo como a ti mismo “.
En general,
nuestro prójimo es muy poco digno de nuestro amor, y en la mayoría de los
casos, la prudencia nos aconseja esperar del prójimo la prueba de su amor;
igualmente, no tenemos ningún motivo para fiarnos de la simple declaración de
su amor. Si lo examinamos todo con detalle, veremos que el Estado y la Sociedad
se hallan combinados de tal forma que, según las leyes de la mecánica, se hace
muy soportable el pasarse sin el amor ni la piedad del prójimo. Queremos decir
con esto que al apostol de la piedad le costará muchos esfuerzos aplicar su
doctrina, de hombre a hombre primero, pues hasta nuestra vida familiar, tan
degenerada en nuestros días, bajo la postración de la miseria y la búsqueda de
nuevas distracciones sería ya incapaz de dar un buen ejemplo. También es
bastante dudoso que estas doctrinas sean acojidas con entusiasmo por parte de
la administración del ejército que, como sabemos, mantiene más o menos el orden
en toda nuestra existencia política, excepto en la Bolsa; ella le probaría que
hay que comprender la piedad en un sentido muy distinto al que cree, es decir
al “en gros”, sumariamente, como medio de abreviar los sufrimientos inútiles de
la existencia con proyectiles que dan en el blanco con precisión cada vez más
perfecta.
En.cambio, la “ciencia”,
revestida de sanción oficial, parece haberse encargado de practicar la piedad
en la sociedad civil, poniendo en práctica profesionalmente sus dádivas. No
queremos hablar aquí de los resultados de la ciencia teológica que arma a los
pastores de almas de nuestros municipios con el conocimiento de los
impenetrables misterios de la divinidad; y supondremos por un momento, que la
práctica de esta profesión incomparablemente hermosa no habrá prevenido a sus
discípulos contra una propaganda como la nuestra. Es cierto, desgraciadamente,
que sería demasiado exigir del dogma estricto de la Iglesia, que únicamente
considerase como base suya el primer libro de Moisés, que reclamase la piedad
de Dios hasta para los animales creados para beneficio del hombre. Sin embargo,
en nuestros días, se pueden superar muchas dificultades y el buen corazón de un
cura filántropo ha éncontrado ciertamente, en el ejercicio del gobierno de las
almas, muchas ocasiones que podrían haber dispuesto su espíritu dogmático en
favor de nuestra causa. Aun cuando existan dificultades en la teología para
reclamar la simple piedad en favor de sus fines, encontraríamos sin embargo
perspectivas tanto más estimulantes al examinar la ciencia médica, que arma a
sus discípulos con vistas a una profesión consagrada únicamente a aliviar los
sufrimientos humanos. El médico puede parecernos realmente el salvador laico de
la vida, ninguna otra profesión puede compararse a la suya dados los palpables
beneficios de su ejercicio. Llenos de confianza en él, debemos respetar a quien
le presta los mediospara curarnos de los crueles sufrimientos, es por ello por
lo que contemplamos la ciencia médica como la más útil y preciosa, y estamos
dispuestos a sacrificarlo todo a su ejercicio y a sus exigencias; es ella, en
efecto, la que nos da la práctica verdaderamente privilegiada de la piedad
activa y personal, algo tan raro de encontrar entre nosotros.
Cuando
Mefistófeles pone en guardia contra el “veneno oculto” de la teología, queremos
ver esta advertencia tan maliciosa como su sospechoso elogio de la medicina, a
la que intenta, para consolar a los médicos, dejar el éxito de sus experiencias
“a la gracia de Dios”. Pero, precisamente, esta buena opinión maliciosa que
profesa con respecto a la ciencia médica nos hace temer que no haga más que
contener un “veneno oculto”, al menos un veneno bien ostensible, que el astuto
compadre no tiende más que a esconder en su provocador elogio.
Es sorprendente,
sin embargo, que esta “ciencia “ que generalmente se juzga como la más útil, dé
a entender cada vez más claramente que no es una ciencia, y se esfuerce tanto
más en sustraerse a la experiencia práctica para llegar, gracias a nociones
cada vez más positivas, a la infalibilidad que quiere alcanzar por medio de
operaciones especulativas. Son unos doctores médicos quienes nos informan de
ello. Los operadores-profesores de fisiología especulativa pueden declararles
incompetentes, (estos médicos) que se imaginaban que se trata sobre todo, en el
ejercicio en el arte de curar, de la experiencia accesible únicamente a los
doctores-médicos, del golpe de vista asegurado por parte del individuo dotado
de aptitudes médicas especiales y, por último, de su profunda dedicación, que
le hace correr en ayuda siempre que sea posible, de los enfermos que se confían
a él. Mahoma, después de haber pasado revista a todas las maravillas de la
creación, acabó por reconocer que la mayor maravilla es que los hombres sientan
piedad los unos de los otros; nosotros, otorgamos ciegamente esta (piedad) a nuestro
médico, mientras nos fiamos de él, y lo colocamos, consecuentemente, por encima
del fisiólogo que especula, en la sala de disección y busca resultados
abstractos para su propia gloria. Pero perdemos esta confianza cuando nos
enteramos, como el otro día, que en una reunión de doctores-médicos, por miedo
a la “ciencia” o temiendo ser tomados por hipócritas o supersticiosos, han
llegado a desmentir las únicas cualidades dignas de confianza que los enfermos
les suponen y se han constituido y vulgares servidores del martirio
especulativo de los animales, al declarar que si se suprimiesen los ejercicios
de disección que los estudiantes realizan sobre animales vivos, el
doctor-médico no podría ya curar a sus enfermos en un futuro próximo.
Felizmente, los informes
que hemos recogido sobre lo que hay de justo y verdadero a este respecto son
tan perfectamente edificantes que la cobardía de estos señores no conseguiría
nunca entusiasmarnos por esta tortura que ellos recomiendan con filantropía,
sino que, por el contrario, nos sentimos inclinados a no confiar más nuestra
salud y nuestra existencia a un médico que toma de ello enseñanza, pues lo
consideramos como un hombre incapaz de sentir piedad y que hace trampas en su
oficio.
Aclarada de
manera tan instructiva la horrorosa chapucería de esta “ciencia “ que se
recomienda sea extraordinariamente respetada y puesta bajo la poderosa
protección del “gran público” y sobre todo de nuestros ministros y consejeros
del príncipe, como han recomendado recientemente varios doctores-médicos en sus
tratados destacables sobre todo por su elegante alemán, podemos esperar con
derecho, que el espectro de la “utilidad” de la vivisección no vendrá a
importunarnos en nuestros ulteriores esfuerzos; nos importará únicamente en adelante
cultivar en nosotros con energía, la “religión de la piedad”; a pesar de
aquellos que sigan fieles al dogma de la “utilidad”. Desgraciadamente, la forma
que acabamos de adoptar de considerar las cosas humanas, nos ha enseñado que la
piedad estaba borrada de la legislación de nuestra sociedad; pues hemos visto a
nuestras instituciones médicas, bajo el pretexto de ocuparse del hombre, llegar
incluso a transformarse en escuelas de brutalidad -en nombre de la “ciencia”-;
ésta, un día, se desviará naturalmente de los animales contra el hombre que
carecerá ya de protección contra estas experiencias.
Guiados por esta
irresistible sublevación que nos inspiran los terribles sufrimientos causados
voluntariamente a los animales, ¿encontraremos el camino que conduce al único
reino redentor que es la piedad experimentada por todo aquel que vive, como en
un paraíso pérdido y conscientemente reconquistado?
Cuando la
sabiduría humana comprendió un día que el animal y el hombre se hallan animados
por el mismo soplo, parecía ya demasiado tarde para desviar la maldición que
habíamos atraído sobre nuestras cabezas, colocándonos al nivel de bestias
feroces que consumen alimento animal: enfermedades y miserias de todo tipo a
las que no veíamos expuestos a los hombres que vivían únicamente a base de
vegetales. El reconocimiento que de ello hemos adquirido nos hizo comprender la
profunda culpabilidad de nuestra existencia terrestre: decidió a aquéllos que
se convencieron de ello a renunciar a todo lo que excita las pasiones y a
abstenerse de todo alimento animal. Es a estos sabios a quienes se les desveló
el misterio del mundo como un incesante movimiento de desgarramiento que no
podía ser rescatado para volver a la unidad sana y tranquila mas que por medio
de la piedad.
Únicamente la
piedad que sentía por todo ser que respira libertó al sabio de la incesante
metamorfosis de todas las dolorosas existencias por las que debe pasar hasta
llegar a la redención definitiva. Por esto es por lo que compadecía al hombre
sin piedad para con su sufrimiento, y compadecía más profundamente todavía al
animal al que veía sufrir, por saberle incapaz de ser rescatado por la piedad.
Este sabio reconoció que el ser dotado de razón ha alcanzado la felicidad
suprema mediante sufrimientos voluntarios que, por lo tanto, busca con extremo
celo y soporta con pasión, mientras que el animal no espera el sufrimiento
absoluto, que le resulta tan inútil, más que con la terrible ansiedad y una
horrible repugnancia. Y todavía más digno de compasión les parecía a estos
sabios el hombre que podía atormentar voluntanamnente a un animal y permanecer
insensible a sus sufrimientos, pues sabía que ése se hallaba todavía más lejos
de la redención que el mismo animal: éste, en comparación, debía aparecérsele
inocente como un santo.
Algunos pueblos,
expulsados hacia climas más rudos, viéndose reducidos a la alimentación animal
para conservar su existencia, han mantenido hasta épocas recientes la
conciencia de que el animal no les pertenece a ellos, sino a una divinidad.
Sabían que matando o derribando un animal se convertían en culpables de un
crimen del que debían pedir permiso a Dios; le inmolaban el animal y le
ofrecían, en acción de gracias, las partes más nobles de la presa. Lo que aquí
había sido un sentimiento religioso sobrevivió, después de la decadencia de las
religiones, en algunas filosofías más recientes, como pensamiento rebosante de
humanidad. Léase el hermoso tratado de Plutarco “Sobre la inteligencia de los
animales terrestres y acuáticos”. Con sensibilidad se considerarán entonces
como ignominiosas las ideas de nuestros sabios y sus iguales.
Hasta aquí ,
pero no más allá ¡ay!, podemos seguir las huellas de esta piedad, fundada en la
religión, que nuestros antepasados humanos sentían por los animales, y parece
que el progreso de la civilización, al convertir al hombre indiferente “al
Dios”, le haya transformado en animal feroz; en efecto, hemos visto un César
romano, revestido con piel de animal, remedar en público a un animal feroz.
Un Ser divino
sin mácula se cargó sobre sí la suma enorme de pecados de toda esta existencia
a la que rescató mediante su dolorosa muerte. Es gracias a esta muerte
expiatoria, a lo que todo ser que vive y respira puede saberse rescatado, con
tal de que la haya comprendido y tomado como ejemplo para imitarla. Eso es lo
que hicieron los mártires y santos que se sintieron irresistiblemente
arrastrados al sufrimiento voluntario sumergiéndose en la fuente de la piedad
hasta la destrucción de toda mentira en el mundo. Hay leyendas que nos cuentan
que los animales se aficionaron con familiaridad a estos santos, quizás no
únicamente por la protección que estos les aseguraban, sino porque además se
sentían atraídos por el poderoso móvil de la compasión que de ahí se podía
deducir: es que podrían lamer sus heridas y encontrarían quizás una mano
afectuosa y protectora. En estas leyendas, como, por ejemplo, la de la cierva
de Santa Genoveva, y tantas otras parecidas, existe probablemente un sentido
que sobrepasa al Antiguo Testamento.
Ahora bien,
estas leyentas han desaparecido. El Antiguo Testamento es hoy vencedor y el
animal feroz se ha convertido en el animal “que calcula”. Nuestro credo reza:
El animal es útil, sobre todo cuando se nos somete fiándose de nuestra
protección. Hagamos pues de él lo que nos parezca mejor en provecho de los
hombres. Tenemos derecho a torturar mil perros fieles durante largos días si de
ese modo ayudamos a un hombre a gozar del bienestar “canibalesco” de
“quinientos cerdos”.
El horror
causado por las consecuencias de esta máxima no pudo encontrar su verdadera
expresión más que cuando se nos instruyó más claramente sobre los abusos de la
tortura científica de los animales y nos vimos obligados finalmente a preguntar
cómo, no hallándose instruida en los dogmas de nuestra Iglesia, nuestra actitud
con respecto a los animales podía ser considerada como moral y tranquilizadora
de la conciencia. La sabiduría de los Brahmanes, la misma de todos los pueblos
paganos civilizados, nosotros la hemos perdido: al desconocer su conducta con
relación a los animales, tenemos ante nosotros un mundo convertido en animal en
el peor sentido de la palabra, (un mundo convertido) en algo infernal. No
existe ni una sola verdad que, incluso aunque seamos capaces de penetrar en
ella, no seamos capaces de esconder con el pretexto de nuestro egoísmo y de
nuestro interés personal: en eso consiste nuestra civilización. Pero, esta vez,
parece que la medida, colmada, se desborda y que pueda abrirse paso una
consecuencia favorable del pesimismo activo, en el sentido del “benéfico”
Mefistófeles.
Totalmente
aparte, pero casi al mismo tiempo en que se manifestaban estas torturas
practicadas en los animales al pretendido servicio de la ciencia, un amigo de
los animales, hombre de ciencia, nos reveló, tras leales investigaciones, tras
atentas lecciones y comparaciones verdaderamente científicas, las enseñanzas de
una ciencia primitiva desaparecida, según la cual es el mismo soplo el que
anima la vida de los animales y la nuestra, más aún, que indudablemente
descendemos de los animales. Esta constatación podría enseñarnos de la manera
más segura, según el espíritu de nuestro siglo sin fe, a señalar con precisión
infalible nuestras relaciones con los animales y, quizás, sería ésta la única
forma de que alcanzásemos la verdadera religión, la del amor a la humanidad,
que el Salvador nos enseñó y afirmó con su ejemplo.
Acabamos de
explicar lo que nos hace a nosotros, esclavos de la civilización, tan
incomparablemente difícil la práctica de esta doctrina. Como, hasta el momento,
hemos empleado a los animales no solamente para alimentarnos y servirnos, sino
también para conocer, mediante los sufrimientos que les provocamos
artificialmente, las enfermedades que nosotros mismos podríamos sufrir cuando
nuestro cuerpo se corrompe por una vida no conforme con la naturaleza, por toda
suerte de excesos y vicios, deberíamos en adelante utilizarlos en nuestra
educación para purificar nuestra moralidad y hasta, tras buenos informes, como
testimonios indiscutibles de la sinceridad de la naturaleza.
Nuestro amigo
Plutarco nos ha dado ya un ejemplo de ello. Tuvo el atrevimiento de inventar un
diálogo entre Ulises y sus compañeros, que Circe había convertido en bestias,
en el que se niegan a volver a ser metamorfoseados en hombres, alegando razones
de lo más persuasivas. Quien haya leído con atención este curioso diálogo,
encontrará bastantes dificultades exhortando a los hombres que nuestra
civilización ha transformado en brutos a recuperar su verdadera dignidad
humana. No se puede esperar un verdadero éxito más que si el hombre vuelve a
tomar conciencia, gracias al animal, de su naturaleza noble, su sufrimiento y
su muerte nos proporcionarían la medida de la dignidad superior del hombre, que
es capaz de concebir el sufrimiento como lección eficaz y la muerte como
expiación que transfigura, mientras que el animal sufre y muere sin provecho
alguno para sí mismo.
Despreciamos al
hombre que no soporta con resignación los males que le atacan y que tiembla con
insensata angustia ante la muerte: y es precisamente por esta razón por la que
los fisiólogos realizan vivsecciones de animales, por la que les inoculan
venenos que este hombre ha creado a consecuencia de sus vicios y prolongan
artificialmente sus dolores para enterarse de cuanto tiempo podrían evitar a
este miserable la angustia suprema. ¿Quién vería una idea moral en esta
enfermedad o en este remedio? ¿Se acudiría en ayuda, con los mismos
procedimientos científicos, de un pobre obrero que sufriese hambre, privaciones
y agotamiento? Sabemos que es precisamente ese, que - ¡felizmente!- no se
aferra a la vida y la abandona de bastante buen grado, quien sirve a menudo
para las experiencias más interesantes para hacer reconocer objetivamente
problemas fisiológicos. De suerte que, con su misma muerte, el pobre presta
igual servicio al rico, que en vida al trabajar el yeso a costa de su salud
para ofrecerle un nuevo apartamento.
Esto es, sin
embargo, lo que el pobre hace con estúpida inconsciencia. Se podría suponer,
por el contrario, que el animal se dejaría torturar y atormentar por su dueño a
sabiendas y de buen grado, si se le pudiese hacer comprender que está en juego
la salud del hombre, su amigo. Esto no es mucho decir; se puede percibir esto
si observamos que los perros, caballos y casi todos los animales domésticos y
domados no llegan a ser adiestrados más que cuando comprenden que trabajos les
pedimos. Desde el momento en que lo comprenden, los ejecutan siempre de buen
grado. Las personas brutas o imbéciles, por el contrario, creen que es
necesario manifestarles su voluntad mediante castigos cuya intención el animal
no comprende y que interpreta mal. Y esto, como consecuencia, engendra nuevos
malos tratos que quizás serían útiles si le fuesen aplicados al dueño que
conoce el significado del castigo. Sin embargo, no disminuyen el amor y la
fidelidad que el animal, tratado de manera tan insensata, testimonia a su
verdugo. Un perro, hasta en medio de los dolores más violentos, puede ser
acariciado por su amo. Los estudios de los vivisectores nos lo han enseñado: en
interés de la humanidad deberíamos buscar mejor de lo que se ha hecho hasta el
momento qué opiniones sobre el animal se podrían sacar de estas experiencias.
Obtendríamos un beneficio meditando sobre lo que ya sabíamos de los animales y
las enseñanzas que todavía podríamos sacar.
El hombre no era
superior a los animales, que nos enseñan todas estas artes mediante las cuales
les hemos cogido y sometido a ellos mismos, más que por el fingimiento y la
astucia pero no por el valor ni la bravura; pues el animal lucha hasta que
acaba por sucumbir, indiferente a las heridas y a la muerte. “No sabe ni
suplicar, ni pedir gracia, ni aceptar su derrota”. Sería un error querer basar
la dignidad humana en el orgullo humano, contra el de los animales, y no
podemos explicar más que por nuestro mejor arte del disimulo. Nos vanagloriamos
de este arte. Lo denominamos “razón” y creemos poder distinguirnos
orgullosamente del animal gracias a este arte, por ser capaz, entre otras
cosas, de hacernos parecidos a Dios. A lo que Mefistófeles da su propia opinión
cuando encuentra que el hombre no emplea su razón “más que para convertirse en
más bruto que cualquier animal”.
El animal, en su
gran sinceridad e ingenuidad, no sabe valorar cuan moralmente despreciable es
este arte mediante el cual le hemos sometido; reconoce en él, en todo caso,
algo demoníaco y le obedece por temor. Ahora bien, si el hombre que manda
ejerce la clemencia y una bondad amable con relación al animal, convertido en
adelante en tímido, podemos suponer que reconoce en su dueño algo de divino y
que honra y ama tan fuertemente este rasgo divino que dedica exclusivamente a
su servicio sus virtudes naturales de valor, fiel hasta la más dolorosa muerte.
Del mismo modo que el santo se siente empujado irresistiblemente a testimoniar
su fe en Dios mediante las torturas y la muerte, igualmente, el animal se halla
inclinado a testimoniar el amor a su amo a quien venera como a un Dios. Un
único lazo, que el santo ya había podido romper, une al animal, pues no puede
dejar de ser sincero con la naturaleza: la piedad hacia sus pequeños. Pero ante
los obstáculos que de aquí se suceden, sabe tomar una decisión. Un viajero
abandonó a su perra que le acompañaba, y que acababa de parir, en la cuadra de
una posada y regresó solo a su casa, a tres horas del lugar. A la mañana
siguiente encontró, sobre la paja de su patio, a los cuatro cachorros y a la
madre muerta junto a ellos. Había realizadoel camino, lleno de ansiedad e
impaciencia, llevando cada vez a uno de sus pequeños. No fue hasta el momento
que hubo colocado el último en casa de su amo cuando no hallándose ya obligada
a dejarlo, se abandonó en manos de una muerte retrasada por el dolor.
He aquí lo que
el ciudadano “libre” de nuestra civilización denomina “fidelidad de perro”,
subrayando con desprecio la palabra “perro”. ¿Y no tomaríamos ejemplo del
animal, del que somos sus amos, ejemplo que nos edifica y nos conmueve, en un
mundo en que el respeto ha desaparecido totalmente o, en donde si todavía
existe, no constituye más que un fingimiento hipócrita? Cuando, entre los
hombres, encontramos una fidelidad consagrada hasta la muerte, deberíamos
reconocer a partir de este momento un noble lazo de parentesco con el mundo
animal y ello no debería humillarnos; pues muchas razones demuestran que esta
virtud es practicada por los animales más puramente, más divinamente que por
los hombres. El hombre, en efecto, es capaz de reconocer en el sufrimiento y en
la muerte, abstracción hecha de su valor reconocido por el mundo, una expiación
que le hace feliz, mientras que el animal, sin considerar mediante razonamiento
una eventual ventaja moral, se sacrifica entera y puramente por amor y
fidelidad (aunque nuestros fisiólogos se encargan de explicarnos esto como un
simple proceso químico de ciertas sustancias elementales).
A estos simios
que, en la angustia de su impostura trepan al árbol de la ciencia, se les
debería recomendar en todo caso que examinasen no el interior de un animal vivo
sino, más bien, que mirasen en sus ojos con un poco de tranquilidad de
reflexión. Allí quizás, vería el hombre de ciencia, expresado por primera vez,
lo más digno que existe para los humanos: la sinceridad, la imposibilidad de la
mentira, y entonces, mirando más de cerca, le hablaría de la sublime tristeza
que la naturaleza siente por el orgullo lastimoso y falible del sabio: porque,
cuando realiza una broma científica, el animal se toma la cosa en serio.
Que el sabio
desvíe su mirada primero hacia su prójimo que, nacido en la indigencia
absoluta, sufre verdaderamente, deteriorado desde su más tierna infancia por
trabajos excesivos que han arruinado su salud, muriendo prematuramente por mala
alimentación y tratamientos inhumanos de todo tipo, hacia este prójimo que le
considera con aire inquieto, con sumisión estúpida. Quizás entonces se
confesará a sí mismo que ese es en todo caso y con toda certeza un hombre como
él. Esto constituiría un resultado. Pero si no podéis imitar al animal
compasivo que, de todo corazón, comparte el hambre de su amo, intentad
sobrepasarle ayudando a vuestro prójimo habriento a procurarse el alimento
necesario, lo que os resultaría fácil sujetándole al mismo régimen que al rico
y dando ese exceso de alimento que hace que caiga enfermo a quien permitiría
convertir en persona sana. Y para ello no serán en absoluto necesarios manjares
suculentos como las alondras que se encuentran mejor en el aire que en vuestro
estómago. Pero para ello sería necesario que vuestro arte fuese suficiente.
Ahora bien, no habéis aprendido más que artes inútiles.
Unos derechos a
la entrega de una herencia considerable dependían de la muerte, diferida hasta
cierta fecha, de un señor húngaro moribundo: los interesados pagaron enormes
honorarios a los médicos para prologar su vida hasta el día fijado; se llamó a
los médicos, allí existía algo interesante para la “ciencia “ ¡Dios sabe
cuantas sangrías y envenenamientos realizaron! Fue un éxito. Recibimos la
herencia y se remuneró brillantemente a la ciencia. Con seguridad podemos
pensar que tanta ciencia nunca sería empleada en beneficio de nuestros pobres
obreros. Pero quizás resultaría alguna cosa más: un profundo examen de nuestro
interior.
El horror que
todo el mundo experimenta sin duda hacia los peores tratamientos imaginables,
aplicados a los animales, en pretendido beneficio de nuestra salud - ¡y ésta
sería la peor cosa que podríamos poseer en un mundo sin corazón-, (este horror)
¿no provocaría por si solo este examen, o bien sería necesario empezar por
demostrarnos que esta utilidad es falsa, cuando no engañosa, y que se trataba
en realidad de una vanidad de virtuoso o de la satisfacción de una curiosidad
estúpida? ¿Esperaríamos que la vivisección humana realizase nuevos sacrificios
en favor de la “utilidad”? ¿No es necesario que el interés del Estado tenga más
valor para nosotros que el del individuo?
Un Visconti,
duque de Milán, estableció una pena contra los grandes criminales de Estado que
fijaba en cuarenta días la duración de las torturas mortales del delincuente.
Este hombre parece haber reglamentado por adelantado los estudios de nuestros
fisiólogos; estos saben prolongar los tormentos de un animal capaz de
soportarlos físicamente a cuarenta días en los casos más favorables, pero menos
como antiguamente por crueldad calculada que por economía. El edicto de Visconti
fue ratificado por el Estado y la Iglesia, pues nadie se sublevó contra él;
sólo los que no consideraban estos terribles tormentos como el caso peor, se
vieron motivados a luchar contra el Estado en la persona de monseñor el duque.
Que el Estado moderno
se ponga en el lugar de estos “criminales de Estado” y que eche a los señores
vivísectores, deshonor de la humanidad, a la puerta de sus laboratorios.
¿Dejaríamos de nuevo esta labor a los “enemigos del Estado”, considerando como
tales, según la más reciente legislación, a los llamados “socialistas “? En
efecto, sabemos que -mientras el Estado y la Iglesia se devanan los sesos para
decidir si deben ocuparse de nuestras reivindicaciones y si no hay que temer,
por otra parte, la cólera de la “ciencia” ofendida- la violenta invasión de uno
de estos laboratorios de vivisección, producida en Leipzig, así como el rápido
aniquilamiento de los animales despedazados extendidos, conservados durante
semanas de martirio y una buena tunda administrada al guardián que vigilaba
estas horribles salas de tortura han sido considerados como atentado brutal
contra el derecho a la propiedad y atribuidos a subversivas intrigas
socialistas.
¿Quién no se
convertiría en socialista al ver que nuestro esfuerzo contra la perpetuación de
la vivisección y la petición de su abolición son rechazados por el Estado y por
el Imperio?
Pero no se
trataría más que de una abolición absoluta, no de una “restricción tan
extendida como sea posible” bajo el “control del Estado”, pues no podría
tratarse de hecho el control del Estado más que de la presencia de un gendarme
especialmente calificado en toda conferencia fisiológica de los señores
profesores ante sus “espectadores”.
Nuestra
conclusión, desde el punto de vista de la DIGNIDAD HUMANA, es que ésta no se
manifieste más que.allí donde el hombre puede diferenciarse del animal por la
piedad que sentiría por el animal mismo, pues podemos aprender del animal la
piedad con relación al hombre, desde el momento en que se trata al animal
razonablemente y con humanidad.
Si esta
conclusión hiciese que se riesen de nosotros y si nuestros intelectuales
nacionalistas nos rechazasen, si la vivisección continuase prosperando en
público y en privado, deberíamos por lo menos un beneficio a sus defensores: el
que, incluso como hombres, abandonaríamos fácilmente y de buen grado este mundo
en donde “un perro no podría seguir viviendo por más tiempo” incluso aunque no
se nos debiese interpretar un requiem alemán2.
NOTAS
1 Se refiere a
Arthur Schopenhauer.
2 Alusión a Un
réquiem alemán de Johannes Brahms.
--------------------------------------------------------
------Debemos
luchar contra el espíritu inconsciente de crueldad con que tratamos a los
animales. Los animales sufren tanto como nosotros. La verdadera humanidad no
nos permite imponer tal sufrimiento en ellos. Es nuestro deber hacer que el
mundo entero lo reconozca. Hasta que extendamos nuestro círculo de compasión a
todos los seres vivos, la humanidad no hallará la paz.
ALBERT Z
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